Danza y deporte: desarrollo e integración para los niños con discapacidad

“La mejor herencia que se le puede dar a un niño para que pueda hacer su propio camino, es permitir que camine por sí mismo” (Isadora Duncan, bailarina y coreógrafa)

Las actividades deportivas y, en concreto, la danza integrada suponen una posibilidad de desarrollo y de integración para los niños con discapacidad. Gracias a su participación en el deporte, los niños tienen la posibilidad de mejorar su condición física y de vivir una experiencia que les ayude en su crecimiento global.

La danza como método integrador

sindrome-de-downComo manifiesta Maribel Velasco, licenciada en Psicología Clínica y psicóloga en la Asociación para la discapacidad Manantial, el hecho de poder participar en programas y actividades deportivas, o de otra índole, proporciona a los niños discapacitados –ya sean físicos o mentales- una experiencia más en la que poder desarrollar su potencial, por muy alta que sea su discapacidad. Como explica Velasco, la cuestión no es que el niño pase todo el día realizando actividades que lo estimulen, pero “sí tener la posibilidad de vivir una experiencia que le ayude en su crecimiento global”.

La mayoría de los niños solo tienen la oportunidad de desarrollar actividades en muy contadas ocasiones y siempre dentro de un tiempo reglado, es decir, en actividades dentro de un centro de educación especial o entidad. En muchos casos, una vez que el horario escolar llega a su fin, el niño vuelve a su casa y termina todo contacto con otro tipo de actividades deportivas.

Es por ello que la danza integrada se ha convertido en una excelente oportunidad para pasar un buen rato con sus compañeros y mejorar su condición física. “Creo que la danza integrada es una actividad más de la que los niños con discapacidad podrían beneficiarse”, opina la psicóloga de la Asociación para la discapacidad Manantial Maribel Velasco.

Según Elías Lafuente, director de la Asociación Danza Down, la práctica dancística mejora la autoestima de los niños y les aporta beneficios a nivel biomecánico, intelectual y social. “Aprenden a controlar la verticalidad, el equilibrio y el espacio. Además, la música les ayuda a mantener despierto todo su sistema neuronal, ya que tienen que estar alerta”, especifica el también licenciado en Medicina aplicada a la danza.

Beneficios de participar en actividades deportivas

La práctica deportiva aporta todo tipo de beneficios en cualquier tipo de población, pero en concreto, supone un gran avance para los niños con discapacidad. Como explica la psicóloga clínica Maribel Velasco, son las propias familias las que buscan este tipo de actividades por recomendación del médico de sus hijos. “Es recomendable para la salud física, ya sea como forma de mantenerse en un peso, descender ese peso o simplemente como práctica para poder coger un tono”.

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Pero los beneficios no son solo físicos, la práctica deportiva supone un desarrollo muy elevado a nivel mental. Uno de los beneficios más notables es el aumento de su autonomía. “La actividad deportiva conforma muchas cosas, por lo tanto, se produce una estimulación del aprendizaje de forma sencilla y que se une a la rutina de una práctica”, explica Maribel Velasco.

Programas de ocio inclusivo

Al mismo tiempo, las actividades se suelen realizar en conjunto para que se produzca una integración con el resto de personas y compañeros. Este es el caso de las actividades que propone la Asociación para la discapacidad Manantial de León, donde los distintos grupos que se conforman para la práctica deportiva se realizan en conjunto. Como señala Maribel Velasco, una de las psicólogas de la asociación, ello “conlleva la creación de lazos de amistad entre iguales y se crea contacto con personas distintas a sus familias”.

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¿Cómo aprender a tolerar la frustración de los niños?

Las psicólogas del deporte Patricia Ramírez y Lorena Cos han trabajado, recientemente, en un artículo para la revista online Inspira sobre la importancia de inculcar hábitos de vida saludable a los más pequeños. Sin duda, una tarea que puede requerir de paciencia por parte de las familias, pero cuyos beneficios compensan el esfuerzo: no sólo mejoran la salud de los niños sino que, además, con ellos se les transmite la importancia del valor del esfuerzo y se les enseña a lidiar con situaciones contrarias a sus intereses. A continuación, os dejamos con el artículo completo en el que podéis encontrar las claves para lograrlo:

“No me sale, esto es imposible, no sé hacerlo, mamá no puedo, de verdad, lo he intentado todo”. Frases típicas de los niños y que a todos nos suenan son capaces de estresar a más de un padre o madre. ¿Por qué las pronuncian tanto? Porque cada vez que lo hacen, los adultos les damos la solución a ellas.

Muchos padres caen en la sobreprotección y abusan de la permisividad con la intención de reducir o evitar las fuentes que causan la frustración en el niño, terminando por convertir cualquiera de sus fracasos en un nuevo éxito.

Intentar complacer siempre a los niños y evitar que se sientan frustrados ante cualquier situación no favorece su desarrollo integral como persona,  ya que, cuando sean adultos, van a tener que enfrentarse a circunstancias tanto de éxito como de fracaso.

Nuestra peor aliada es la impaciencia, motivada por querer evitar a toda costa emociones negativas en nuestros hijos, y que se acentúa por la sociedad en la que vivimos, en la que tenemos de todo y de forma inmediata.

El no alcanzar lo que desean y en el momento que ellos deciden les produce frustración, malestar y cansancio. La mayoría de los padres no quieren que sus hijos sufran, se desmotiven o lo pasen mal y por ello acceden directamente a satisfacer sus necesidades. Sin embargo, de esta manera no aprenderán a luchar, a esforzarse o a plantearse las cosas desde diferentes puntos de vista porque estarán acostumbrados a saciar sus necesidades enseguida.

Entrenar el esfuerzo y otros valores como la constancia permitirá, además, que  adquieran hábitos de vida saludables como lavarse los dientes o el cuidado de su higiene, que según a qué edades,  les causan pereza, de los que se olvidan o con los que no terminan de ser constantes.

En relación a la alimentación y el sueño, muchas veces el niño desea hacer lo que le place por encima de su bienestar o su salud. Por ello es tan importante inculcarles el concepto de que no podemos dejarnos llevar por los impulsos siempre que nos apetece y, en este caso, de que los beneficios a largo plazo de una alimentación saludable están por encima del placer que las golosinas puedan proporcionarle.

En la etapa infantil, los niños tienden a pensar que el mundo gira a su alrededor, que lo merecen todo y que consiguen al momento lo que piden. No saben esperar porque no tienen desarrollado el concepto del tiempo, ni la capacidad de pensar en las necesidades de los demás. Es entonces cuando hay que empezar a enseñar a los niños a tolerar la frustración.

Aprender esto desde pequeños les permitirá enfrentarse de forma positiva a las distintas situaciones que se les presentarán en la vida. Los niños tienen que saber lidiar con esa vivencia emocional en la que su deseo o necesidad no siempre se llega a cumplir, y esta situación se la van a encontrar muchas veces. Entrenarlos en estos valores permitirá que no tiren la toalla a la primera de cambio en cuanto no consigan el trabajo que sueñan o la pareja perfecta.

Si los padres siempre satisfacen a los hijos con todo aquello que piden, los pequeños no aprenderán a tolerar el malestar que provoca la frustración de no salirse con la suya y el hacer frente a situaciones adversas. Por ello, es muy probable que en la edad adulta sigan sintiéndose mal cada vez que no consigan aquello que se han propuesto.

Tolerar la frustración significa ser capaz de afrontar los problemas y limitaciones que nos vamos a encontrar a lo largo de la vida a pesar de las molestias que puedan causarnos. Por lo tanto, se trata de una actitud que puede trabajarse y desarrollarse.

Si los niños perciben que todo tiene que ser inmediato, y que los padres se muestran contrariados cuando las cosas no ocurren ya, interiorizan esa actitud como patrón de comportamiento y reaccionan con agresividad, ira y malos modos cuando su respuesta y el momento en el tiempo no coinciden.

Algo que también repercute es la falta de costumbre de enseñarles a pensar. Si le solucionas su problema sobre la marcha con tal de que no sufra, nunca aprenderán a pensar.

Permite que tu hijo piense, que tenga incertidumbre dándole vueltas a las posibles alternativas, e, incluso, que se aburra. La creatividad y la solución a los problemas surgen cuando el cerebro piensa en otra dirección a la que está acostumbrado. Y el momento ideal para que esto ocurra es el del aburrimiento.

Si la solución que busca está relacionada con una tarea del cole y al final de la tarde te dice que le ha dado mil vueltas y que no le sale, pídele que te explique en qué ha pensado porque puede ser cierto que no encuentre la solución. Si ves que ni lo ha intentado, es preferible que vaya al colegio sin ella y que se enfrente a las consecuencias de “no pensar”. Si tú le das la solución sin que se haya esforzado, aprenderá que siempre le vas a dar una salida, su cerebro se acomodará y elegirá la opción más fácil.

En cambio, si te das cuenta de que se ha esforzado, que lo ha trabajado y de que lo ha intentado, trata de que su esfuerzo tenga su recompensa. Siéntate con él, ayúdale a pensar y procura llegar a la solución. Aprenderá que cuando se esfuerza y pone de su parte, se alcanzan los objetivos. Trata de valorar su esfuerzo y actitud más que el resultado.

Aprendamos a tolerar la frustración de los más pequeños con unos consejos muy sencillos:

1. Dar ejemplo. Una actitud positiva por parte de los padres a la hora de afrontar las situaciones adversas es el mejor ejemplo para que los hijos aprendan a buscar soluciones a sus problemas.

2. Cambiar la frustración por aprendizaje. Las situaciones complicadas son una buena oportunidad para que el niño aprenda cosas nuevas, las retenga y pueda afrontarlas por sí mismo cuando se vuelvan a repetir.

3. Enseñarle a ser perseverante. Si el niño aprende que siendo constante encuentra soluciones, sabrá controlar la frustración en otras ocasiones.

4. Educar en la cultura del esfuerzo. Enseñar el esfuerzo como vía resolutiva de sus fracasos.

5. No darle todo hecho. Facilitarle la opción de que alcance sus retos por sí mismo, de manera que pueda equivocarse y aprender de sus errores.

6. No ceder ante sus rabietas. De lo contrario, aprenderá que esa es la forma más efectiva de resolver los problemas.

7. Marcarle objetivos. Hay que enseñar al niño a tolerar la frustración poniéndole objetivos realistas y razonables.

 

Hay formas positivas de hacer frente a estos sentimientos que provoca la frustración:

1. Enseñarle técnicas de relajación.Todos nos enfrentamos a las situaciones adversas de una forma más positiva si estamos relajados.

2. Ayudarle a descubrir y nombrar los sentimientos. De esa manera sabrá identificarlos y lo que debe hacer para abordarlos.

3. Reforzar las acciones apropiadas del niño. Es importante elogiarlo cuando retarde su respuesta habitual de ira ante la frustración y cuando utilice una estrategia adecuada.

4. Modificar la tarea. Animar al niño a identificar una forma alternativa de alcanzar el objetivo.

5. Ayudarle a identificar el sentimiento de frustración cuando aparezca.

6. Enseñar al niño a que aprenda a pedir ayuda, aunque también a que encuentre una solución primero.

7. Representar papeles. Se puede jugar con el niño a interpretar una situación frustrante o animarle a que hable consigo mismo de forma positiva y busque una manera de resolver el problema.

8. Actividad física: La actividad física proporciona una salida para la energía negativa que conlleva el estar frustrado.

9. La caja de las habilidades: Mete en ella todo lo que tu hijo perciba como tranquilizante (puzzle, pinturas, plastilina…) y guárdala en un lugar seguro que pueda utilizar sólo cuando se siente frustrado.